EL CAMPO DE SAN JUAN BAJO TIERRA. SILOS

Bastón, cámara de fotos y mi fiel Argo vuelven a ser en esta ocasión mis compañeros de paseo. Cualquier camino es bueno en esta tierra atractiva construida sobre cimientos de callada labor, compartida con todos los que dejaron el rastro de sus historias y vivencias. Tierra de Sanchos que sueñan como Quijotes; tierra que se yergue más allá del tiempo y del espacio.
A mi paso, una anciana desdentada sonríe y señala con sus dedos sarmentosos el camino que he de seguir; un camino que me lleva hasta los elementos más singulares de nuestra arquitectura rural manchega: los silos.
A estas viviendas trogloditas las conocemos en esta parte del Campo de San Juan como silos, del latín sirus, por su similitud a los almacenes subterráneos de grano utilizados por los romanos. No cabe duda que surgen de la escasez de medios y en su mayoría fueron excavados por sus propietarios. Las familias más humildes encontraban en ellos su vivienda habitual, mientras que los terratenientes los construían en sus fincas para albergar a los gañanes y caballerías que las labraban.
En el campo, el silo empleado como quintería suele ser generalmente de mayor tamaño que el urbano. Dependiendo de la técnica de construcción utilizada podemos encontrarlos de dos tipos: los excavados directamente en la tierra (Tipo A) y los que, previamente, se hacía un vaciado del terreno, se levantaban las bóvedas y se sepultaba toda la fábrica con la tierra extraída (Tipo B).

Acabo de llegar a mi destino. En las inmediaciones de una de estas construcciones vernáculas “de cuyo nombre no quiero acordarme” estoy, y prefiero no recordarlo porque, a pesar del abandono, el olvido y estar condenada a desaparecer, es más fácil que sea víctima de las garras de una máquina para aprovechar dos palmos más de tierra de labor, que de los cuidados de alguna persona responsable.
Lo primero que me encuentro es la rampa o “caña” que da acceso a la puerta principal (una gruesa pieza construida con los restos de un trillo). Al empujarla para entrar se activa una vorágine de sensaciones donde lo ideal y lo real, cogidos de la mano, abren el telón del pasado. A la izquierda del pasillo está la cocina con su chimenea, acompañada de un poyo a cada lado, asiento y cama de gañanes. A pesar del tiempo, se percibe en el ambiente el olor a fuego lento calentando el puchero. La alacena excavada en la pared, vacía y desvencijada, aún conserva el orgullo de la austera vajilla que daba el toque “cool” a la mesa alumbrada por un candil y que, a buen seguro, estaba amenizada con una botella de aguardiente que arrancaba algún cantar al calor de la lumbre.
Cruzando el pasillo, frente a la cocina, una habitación servía de despensa a los quinteros que, cada quince días, como bien da a entender la propia palabra, tenían que dotar de víveres. Esto me recuerda al suceso ocurrido allá por el siglo XVII en un silo similar a éste, cuando, de la mano de unos misteriosos caminantes, las cántaras de aceite que ya estaban vacías, aparecieron llenas, además de unas pinturas milagrosas en la pared.
Un golpeteo de cascos y la voz de un zagal pasan por encima de mí, en forma de brisa cálida. Estoy en medio del pasillo que baja hasta la cuadra, una “suite” compuesta por seis pesebres para tres pares de mulas. Colocar cada animal en su lugar era toda una ceremonia: se bajaba hasta el fondo, donde el espacio es más amplio y redondeado a modo de “girola” que permite dar la vuelta para entrar y salir siempre de cara. Un elemento muy práctico, teniendo en cuenta que las yuntas podían ser de mulas, bueyes o burros (muy tozudos a la hora de sejar para atrás). Un cuerno de cabra es el “arrendaor” que servía para amarrar a los équidos.

En lo más profundo de la cueva me hallo, en la “girola”, donde me siento como un peregrino a la deriva en las entrañas de una catedral subterránea. La sensación es fascinante, aquí se percibe la simbiosis entre el animal y el hombre, el trabajo y el sacrificio, la alegría y el sufrimiento. La perspectiva cambia con la luz que penetra por la puerta; el silo, siempre orientado al mediodía, luce resplandeciente ayudado por el blanco higiénico de la cal. Arcos fajones hechos de obra ayudan a sostener la bóveda, cuya cúpula exterior es rematada con la tierra extraída, asumiendo la función de evacuar el agua, además de delimitar la superficie ocupada por el silo.
A medida que voy ascendiendo por la rampa, el cambio de temperatura y la luz cegadora, hacen que lo ideal y lo real suelten sus manos, imponiéndose la razón en un dialogo interno que me hace ver con preocupación el futuro incierto de este frágil patrimonio.
La Mancha se abre de nuevo ante mí, y al compás del bastón se me vienen a la mente los versos del viajero Alfredo Villaverde:


Cuando el poeta traspasó el alma del paisaje
vio en sus ojos reflejado el mundo,
la Mancha.
Ningún lugar más serenamente hermoso
en su quietud austera: tierra amplia, viñedos y silencio.
La luz del mediodía perfila un horizonte
de campos abrasados y molinos inmóviles
Y en su pecho, rompe la seguidilla
como un pájaro triste que vuela por la sangre
de este mar tan inmenso de soledades ocres,
de hidalgos sin fortuna.
Cuando su paso alcanza un cruce de camino
o se avista, a lo lejos, un blanco caserío,
con amor va aventando las palabras
del libro que guarda sobre su corazón:
“En un lugar de la Mancha…”


Voy caminando, viviendo y respirando el ideal supremo quijotesco: la libertad.

Pedro Antonio Fernández

Deja un comentario