Palomares. El valor de un patrimonio etnológico e histórico en extinción.

Pedro Antonio Fernández Fernández-Peinado

Caminar a través de un mar ocre de mieses recién segadas en un atardecer de verano,  puede sorprendernos con la imagen de una bandada de palomas que se apresura hacia un enorme esqueleto marrón en medio de la nada.
Una mezcla de curiosidad y nostalgia  nos invade, mientras aquella mole que surgió a golpe de pisón ansía regresar a la tierra, porque tierra es, y en ella quiere sumergirse.
Las  palomas que ya no cuida nadie acceden a través de las heridas en los tapiales que dejan al descubierto el bello columbario que forma su interior simétrico, rústico y a la vez delicado, escapándose un somnoliento e intenso debate a modo de algarabía que acabará con la llegada de la penumbra o con el paso del tiempo, cuando la desidia convierta al gigante de barro en un efímero recuerdo de otra época.

Con la dominación romana los pueblos que habitaban la Península entran a formar parte de la organización social y económica del Imperio, generando una estabilidad que favorecerá el desarrollo de la agricultura y la extensión del cultivo del cereal. Con ello, surgió la cría de  palomas tal como la conocemos, complementando la economía doméstica.
La carne del pichón y la palomina (excremento de paloma), que cubría la demanda de fertilizante exigida por los campos, eran los resultados de la explotación.
Aún se siguen empleando las recomendaciones que el gaditano Lucio Junio Moderato Columela plasmó en su obra De Re Rústica sobre agricultura y ganadería, basadas en la experiencia y el sentido común,  considerándose uno de los geóponos más importantes de la Antigüedad.
En la España islámica , Toledo pasó a ocupar un lugar predominante bajo el gobierno del emir al-Mamun. De esta época es el médico y botánico Ibn Wafid, que desarrolló un jardín botánico por orden del emir toledano, donde experimentó sobre aclimatación y reproducción artificial. Entre sus obras destaca el Compendio de Agricultura, donde incluye un amplio apartado sobre zootecnia, hasta entonces mantenido en un plano secundario por otros autores que desarrollaban en sus tratados la arboricultura,  jardinería y  horticultura, muy apreciadas en el mundo islámico.
En cuanto a la cría de la paloma se refiere, hace recomendaciones sobre el establecimiento del palomar, alimentación, remedios contra las alimañas, enfermedades y adiestramiento de palomas mensajeras.
En la Baja Edad Media, la explotación de las palomas suponía un privilegio reservado a la nobleza. El derecho de los señores a tener grandes palomares con miles de aves se denominó derechos de palomar. Esta importancia quedó demostrada por la Ley de Protección de los Palomares, dada por Enrique IV en las Cortes de León y Castilla en 1465.
Volvamos a la actualidad para ver los elementos más representativos de este tipo de arquitectura popular que se conserva en nuestra comarca, comenzando por aquellos que se encuentran en campo abierto.
Los palomares construidos en el campo suelen estar ligados a grandes extensiones de terreno, formando parte de un complejo de casas de labranza o quinterías, anexos pero independientes, con el fin de no perturbar la actividad de las palomas. Son edificios altos de planta rectangular, cerrados, cuyo único acceso es una puerta habilitada para las tareas del palomero. Posee un patio para uso exclusivo de las palomas con un bebedero escalonado en el centro que les garantiza el agua de forma permanente.
El nidal u hornilla se instala en el interior, y está dimensionado para que las parejas puedan anidar y disponer de suficiente espacio confortable para cuidar de los palominos. Podemos ver hornillas de forma cuadrada, construidas con ladrillo de barro cocido o con rasillas (los más modernos) y nidales abovedados hechos con yeso. En algunos casos suelen combinar ladrillo y yeso ayudados por un molde.

Encontramos dos tipos de tejados: uno con vertiente a un agua mirando al sur, circundado en sus lados este y norte por un “guardavientos” formando una azotea, y otro con vertiente a dos aguas careciendo de resguardo artificial. Ambos, poseen buhardillas orientadas al medio día para facilitar el acceso de las palomas, siendo rematados por unos pináculos modelados en yeso que les aporta una seña de identidad. 
El interior está dividido por dos paredes cubiertas de nidales, formando tres espacios cuadrados con su correspondiente buhardilla. En algunos palomares, estas paredes tienen una especie de ventanas arqueadas que favorecen el tránsito de las palomas. Las divisiones son soportadas por vigas de madera o mediante arcos de medio punto, que permiten al palomero pasar de un lado a otro por la parte inferior. Todo ello encalado con el fin de consolidar las superficies del tapial, cumpliendo una función higiénica y atrayente, pues estas aves sienten predilección por el color blanco.

Del cuidado se encargaba el palomero, oficio ya extinguido, que hacía de la explotación una fuente de riqueza constante.
A mediados del pasado siglo surge una nueva modalidad de palomar: el urbano.
Con la mecanización de las tareas agrícolas, los tractores fueron sustituyendo a los animales que hasta entonces habían labrado la tierra, quedando en desuso cuadras y pajares, adaptándose algunos para la cría de palomas.

El éxodo de los años 60 provocó el abandono definitivo de la actividad  en las quinterías, llevando consigo la decadencia de estas obras maestras de la arquitectura rural.

One comment

  1. Además de dar otro ejemplo del desperdicio de un patrimonio histórico y material importante, llama la atención el valor estético de estas construcciones de lo que se llama en inglés la «arquitectura venacular».

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